Hace muchos años, cuando yo todavía era un novato en este negocio, me propuse una locura.
Estaba buscando abrirme camino y se me ocurrió ir a tocarle la puerta al Gerente General de una de las imprentas más grandes de Chile. En ese tiempo, ellos no hacían packaging, solo gráfica tradicional.
Llegué sin cita. Obviamente, me topé con el primer y más difícil filtro de cualquier venta: la secretaria.
Si le decía "vengo a ofrecer mis servicios", me mandaba a la calle en un segundo.
Así que usé el instinto. La miré y le dije con total seguridad: — "Vengo de la Papelera y necesito hablar con él sobre packaging".
No sé qué le pasó por la cabeza, pero levantó el teléfono y le pasó el mensaje exacto. Eso ya era un triunfo monumental.
La puerta se abrió. El Gerente General me recibió en su oficina.
Fueron 30 minutos. Le hablé con la pasión de un cabro joven. Le dije que la gráfica tradicional tenía techo y que el packaging era el futuro del mercado. Hoy me río al recordar mi propia audacia.
¿Qué obtuve de esa reunión? Nada. Cero. Salí con los bolsillos igual de vacíos.
Pero me llevé dos cosas invaluables:
- La confianza absoluta de saber que, con el mensaje correcto, puedes sentarte frente a quien sea.
- La razón. Hoy, años después, esa misma imprenta es un actor gigante en el mundo del packaging. No fui yo quien se los armó, pero mi visión en esa oficina fue 100% exacta.
En las ventas, a veces no te llevas el contrato, pero mides tu olfato. Y si tu olfato es bueno, la plata termina llegando.