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Una peluca, una torta gratis y el miedo al ridículo

2 de julio de 2026

Fui papá muy joven y, cuando tienes tres hijos, a veces parece que ningún ingreso alcanza para cubrir todas las necesidades.

Pero estar bajo presión te pone creativo.

Para el cumpleaños número 10 de mi hija mayor, fuimos al súper a comprar un par de cosas para la once. La cosa estaba apretada, así que sería una celebración íntima, sin mucha gente.

Mientras caminábamos por los pasillos, nos topamos con un concurso. Había un animador en un pequeño escenario motivando a los clientes a hacer algún baile ridículo para pasar el rato.

¿El premio si te animabas a subir? Una torta.

Qué mejor premio para nosotros ese día. No soy muy tímido, así que levanté la mano y me ofrecí rápidamente. Mis hijos se tapaban la cara de vergüenza, aunque ya era habitual que su papá saliera con alguna ocurrencia en público.

Subí al escenario, me entregaron una peluca y me puse a bailar.

No soy actor, pero actué pensando que sí lo era. No soy bailarín, pero le puse todo el corazón. Lo hice con tanta convicción que me empapé del papel y simplemente lo disfruté.

La gente se rio muchísimo. Francamente, no lo hice muy bien, pero bailé tan convencido de que ganaría, que esa misma seguridad me permitió superar a todos los contrincantes.

Me gané la torta.

Pero cuando bajé del escenario y vi la cara de mis hijos, sonriendo y orgullosos de su papá... ese fue el verdadero premio.

Más rato, mientras terminábamos de hacer las compras, una mujer se me cruzó en el pasillo, me apuntó y me dijo: "¡Oye, tú te ganaste la torta! ¡Genial!". Eso lo resumió todo.

Hoy, mirando hacia atrás, rescato enseñanzas vitales de ese día. Enseñanzas que aplican tanto para la vida como para las ventas.

En los negocios, muchos se paralizan: revisan y corrigen una y otra vez, esperando tener el texto perfecto, el diseño impecable o el producto ideal antes de salir a vender. Tienen terror a equivocarse o a verse mal.

Y mientras ellos esperan ser perfectos, otro negocio con menos talento, pero con más convicción, se sube al escenario y se lleva la torta.

Vender se trata de atreverse. De quitarse la vergüenza y comunicar con seguridad lo que haces.

Total, el que no baila, no come torta.