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Un Zodiak sin frenos y el maestro del relato

19 de junio de 2026

El miércoles recién pasado fui a ver a mi amigo el publicista.

Fui a pedirle una "paletada", pero la verdad es que fue solo un buen pretexto para ir a verlo. Es de esos amigos a los que no necesitas llamar todos los días para saber que están ahí y que puedes contar con ellos a ciegas.

Antes de que la palabra copywriter se pusiera de moda, este hombre ya era un verdadero artista del relato persuasivo. Fue el primero en corregir mis primeros textos y le tengo una admiración gigante.

Pero la historia de hoy no tiene que ver con su profesión ni con su experiencia laboral.

Es una aventura que tiene de todo: drama, acción, peligro y amistad.

Ambos nos casamos muy jóvenes y fuimos padres jóvenes también. Él progresó mucho más rápido que yo y, de cierta forma, me iba trazando el camino. Tal como lo hizo ese fin de semana en que decidimos ir a la playa.

Se consiguió un auto marca Zodiak que era un peligro con ruedas.

Casi no tenía frenos. Las ventanas no subían del todo y humeaba como una cafetera vieja. Pero, contra todo pronóstico de la física, nos llevó sanos y salvos a El Quisco.

Allá se había conseguido una cabaña cerca de un bosque. Ni quiero detallarte las precarias condiciones de aquel campamento base, porque este viaje épico tiene tanto relato y tantas anécdotas que no me basta un solo texto para contarlo todo.

Pero hoy me quedo con una reflexión sobre ese fin de semana.

La inconsciencia de nuestra juventud logró que anuláramos por completo todas las vicisitudes y los verdaderos riesgos que corrimos en ese viaje. Esa misma inconsciencia transformó lo que debió ser un desastre logístico en uno de los paseos más inolvidables de la vida.

A veces pienso que cuando crecemos, nos volvemos demasiado cuerdos.

Si hoy nos invitan a un viaje (o a un negocio) exigimos que el auto sea del año, que tenga frenos ABS y que la cabaña tenga cinco estrellas. Y si no están esas condiciones, no nos movemos.

Pero las mejores historias, las que te marcan para siempre, se construyen cuando tienes la valentía —y esa cuota necesaria de inconsciencia— para subirte igual al auto que humea, sabiendo que el viaje valdrá la pena.