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Un tiro en la espalda en las calles de Asunción (bueno, casi)

6 de mayo de 2026

El año 2001 fue mi último año viviendo en Paraguay.

Ya estaba acostumbrado a su clima que, como bien decía un amigo y colega mexicano, solo tiene dos estaciones: verano e infierno.

Me había habituado tanto que incluso iba a jugar tenis en bicicleta. Lo recuerdo con una claridad absoluta. Me sentía parte de la ciudad. Conocía sus calles empedradas, los tramos de tierra, y ese contraste tan propio de Asunción donde las mansiones se mezclan con las casuchas.

Era un sábado a las 9:30 de la mañana. Iba pedaleando a buen ritmo hacia el club cuando, sin previo aviso, sentí un golpe seco y brutal en la espalda.

Fue como si me hubieran tirado un piedrazo.

El miedo me invadió el cuerpo. No me atreví a frenar ni a revisarme. Aceleré. Miré de reojo para todos lados y no vi a nadie.

En un solo segundo, toda esa seguridad se derrumbó.

Esa sensación de pertenencia, de "esta es mi cancha", desapareció por completo. Me sentí un extranjero asustado, frágil y fuera de lugar. Mi mente imaginó un millón de cosas terribles en esas cuadras. Sentí el deseo irracional de volver a Santiago y no pisar Paraguay nunca más.

Llegué al club con el corazón en la garganta. Recién ahí me bajé de la bicicleta y me toqué la espalda.

Estaba empapada.

No era un piedrazo. No era un ataque. Había sido una de esas clásicas bombitas de agua.

El alivio fue inmenso, pero la lección me quedó grabada.

A veces damos por sentado el lugar donde estamos parados. Construimos una ilusión de control absoluto, ya sea en nuestra vida o en nuestros negocios, y nos olvidamos del privilegio gigantesco que es tener un terreno sólido donde nos sentimos a salvo.

Un solo golpe inesperado basta para recordarnos lo vulnerables que somos.

Valorar tu base, tus cimientos y tu lugar seguro no es debilidad. Es la única forma de sobrevivir cuando crees que el mundo te está tirando piedras.