Mi hijo menor es músico de oficio y melómano. Hoy tiene 28 años, pero en abril de 2009 era solo un niño de 11 cuando lo invité a ver a Kiss en el Estadio Bicentenario.
Yo no soy rockero ni seguidor de la banda. Pero sabía que su espectáculo era una experiencia única. No me equivoqué.
Compramos cancha. Nos metimos directo al medio de la muchedumbre hasta que la cosa se puso intensa y apretada. Ya no recuerdo qué canciones tocaron, pero nunca olvidaré la cara de mi hijo: esa mezcla perfecta de alegría, asombro y un poquito de miedo al ver a esos gigantes pintados con fuego a su alrededor.
Revivir ese momento hoy me llena de una satisfacción tremenda.
Kiss es una máquina indestructible de marketing y marca. No necesitas ser rockero para saber quiénes son. Traspasan generaciones porque construyeron un relato único.
De eso se trata el marketing real: de crear un relato que nadie pueda ignorar.