Esta es, por lejos, la historia más vergonzosa que voy a contar. Si estás almorzando mientras lees esto, te pido disculpas de antemano.
17 de octubre de 1991.
Yo figuraba como Junior de La Papelera y me tocó ir a una sucursal del BCI a depositar los cheques de la empresa. Al entrar, noté un ambiente extrañamente festivo. Había globos, cotillón y, para mi sorpresa, le estaban repartiendo trozos de torta a los empleados, gerentes y clientes.
De repente, me dieron ganas de toser.
Para actuar como un caballero de corbata, me llevé la mano a la boca. Pero cometí el error más estúpido del mundo: en vez de cerrar el puño, dejé la mano entreabierta, formando una pequeña cavidad.
Al toser, se me escapó un proyectil de saliva de una densidad... indescriptible.
Sentí pasar el misil por mi mano. Cuando me la miré disimuladamente, no había nada. El corazón me empezó a latir a mil por hora. En pleno pánico, empecé a buscar con la mirada hacia dónde demonios había volado mi "amigo gelatinoso", rogando que nadie se hubiera dado cuenta.
Miro hacia el frente. A un metro de distancia, había un tipo de camisa manga corta, justo en la trayectoria del disparo.
Te juro por mi madre que es cierto: el proyectil estaba colgando, balanceándose, en todo el codo desnudo del pobre hombre.
Pasaron unos segundos que me parecieron una eternidad. Yo no podía quitarle la vista de encima, paralizado por los nervios. El tipo no se había dado cuenta de nada, hasta que movió el brazo. La saliva se estiró, hizo un arco y le tocó la piel.
El hombre sintió la comezón, se miró el codo y se encontró con la asquerosa sorpresa.
No miró hacia atrás ni intentó investigar de dónde venía el ataque. Simplemente sacó un pañuelo de su bolsillo, se limpió disimuladamente y siguió en lo suyo.
Pocos minutos después, una señorita muy amable se me acercó y me ofreció mi trozo de torta.
Ese 17 de octubre no era un día cualquiera. El BCI celebraba un hito histórico: acababan de pagar la totalidad de su "deuda subordinada" de la crisis del 82 al Banco Central. Fueron los primeros en lograrlo.
Para salir de esa crisis monumental, el banco necesitó años de sangre fría absoluta.
En esa fila, salvando las proporciones ridículas, yo tuve que aplicar lo mismo: no salir corriendo, no dar explicaciones histéricas y mantener la compostura frente al desastre.
En tu empresa, tarde o temprano, te vas a mandar un cagazo. Un error de producción o un precio mal calculado. El pánico te va a invadir.
Pero cuando las papas queman, la histeria te mata. Si mantienes la calma y te comunicas con firmeza, el mercado —igual que ese tipo del banco— casi siempre se limpia el codo y sigue adelante.