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Un carnet perdido en Valparaíso y dos golpes de suerte

4 de julio de 2026

Para postular a la carrera de música de la U. de Playa Ancha había que dar una prueba especial. Ese era el filtro definitivo: más de 100 preseleccionados para solo 23 vacantes.

Viajé de Santiago a Valparaíso, llevé mis documentos en una carpeta y di todas las pruebas feliz de la vida. Al terminar, me devolvieron mis papeles, los metí a la rápida en la carpeta junto con mi carnet de identidad, y me volví a casa.

Ni cuenta me di de que el carnet se deslizó y se cayó.

Pasaron unos 10 días y llamé a la universidad para saber los resultados. Ahí vino mi primer golpe de suerte: quedé en el puesto número 22 de 23. Apenas me la creía.

Me dieron la fecha para ir a matricularme. El día anterior, un domingo cualquiera, arreglando mis cosas me di cuenta de que no tenía mi carnet.

Con el nivel de inconsciencia absoluto que solo un jovencito de 17 años puede tener, no le di importancia a mi extravío.

Viajé temprano y llegué a Playa Ancha a eso de las 11 de la mañana. Hice la fila, llegué a la oficina de matrículas y, muy suelto de cuerpo, me presenté.

La primera frase de la mujer que me atendió fue: "Su carnet, por favor".

Con cara de idiota le respondí que se me había perdido. Ella levantó la mirada y, lapidaria, me dijo: "Si no tiene carnet, no lo puedo matricular".

Mi sangre se congeló en un segundo. ¿Cómo fui tan estúpido para pensar que eso no era importante?

Me dio una última opción: ir a pedir un carnet nuevo, traer el comprobante de la solicitud y rogar que me guardara el cupo. Corrí a hacer el trámite con el estómago apretado, pensando qué tipo de explicación iba a darles a mis padres. Era una locura. Hice el papeleo, pero me quedé con la amarga sensación de que la matrícula se me escapaba de las manos.

Tomé rumbo al rodoviario para volver a Santiago, totalmente derrotado. Y de repente me detengo.

¿Y si se me cayó acá?

Recordé que el día de las pruebas me había sentado un rato cerca de ahí y visualicé cómo se podría haber caído. Miré en 180 grados y, a unos 100 metros de mi posición, vi un kiosco.

Sin pensarlo caminé hacia él, como si supiera lo que iba a pasar.

Acá viene mi segundo golpe de suerte (y seguro no me vas a creer). Mi carnet extraviado estaba pegado en la ventanilla del kiosco, justo al frente, mirándome como diciendo: "Acá estoy, imbécil. Llevo 10 días esperándote".

Corrí de vuelta a la universidad. Estaban casi cerrando, pero logré matricularme.

Hoy me acuerdo y me río, pero saco una lección vital de esto: la suerte existe, pero no escala.

Cuando eres joven, un milagro te puede salvar de tu propia inconsciencia. Pero en los negocios, depender de la suerte es un suicidio.

Veo a muchos emprendedores manejando sus ventas como ese joven de 17 años: sin preparación, sueltos de cuerpo, esperando llegar y que el cliente les compre mágicamente, sin tener sus "documentos" (su mensaje y su oferta) en regla.

Y cuando el mercado les dice "no te puedo comprar", se les congela la sangre.

En las ventas no hay kioscos mágicos que te devuelvan las oportunidades perdidas. Tienes que tener un método.