A fines de 2009, mi segundo socio y gran amigo consiguió un proyecto muy bueno.
El objetivo era armar y desarrollar desde cero el área de packaging en la imprenta de un conocido suyo. Él entraría primero como avanzada y luego entraba yo. Teníamos todo medianamente armado para arrancar en marzo.
Pero estamos en Chile. Y la naturaleza siempre tiene la última palabra.
Llegó el 27/F. Uno de los terremotos más fuertes de nuestra historia. Se cayó el país y, de paso, se cayó nuestro proyecto.
Como todo se movió y la necesidad apretaba, intentamos presionar para concretar igual. Tuvimos una reunión con el gerente de la imprenta, un tipo muy exigente y que estaba con la cabeza en otra parte por el desastre del terremoto.
Nos cambió las reglas en un segundo: — "No tengo tiempo para proyectos nuevos. Necesito que tú vendas", le dijo a mi amigo. Luego me miró a mí: — "Y tú, ¿te puedes hacer cargo de producción? Acabo de despedir al gerente de operaciones".
Nunca había sido gerente de operaciones. Pero sin dudarlo, contesté un sólido: "Sí, puedo".
La verdad es que en ese momento no habló la sabiduría, habló mi necesidad.
Duré 4 meses. Fue un verdadero desastre. Yo trabajaba de lunes a lunes, sin descanso, en una fábrica donde todo el mundo le tenía terror al gerente.
El último día me llamaron a la oficina. Yo estaba en la planta. Al entrar, estaban todos los otros jefes de área sentados.
El gerente me mira directo y dispara: — "¿Quién tomó la decisión de sacar esta producción fuera de la fábrica?".
Todos los jefes que estaban ahí, los mismos con los que habíamos acordado el sábado anterior sacar esa pega para no fallarle a un cliente, se quedaron en silencio. Me apuntaron con el dedo y me dejaron solo. Nadie se hizo responsable.
Los miré a todos. Luego miré al gerente y contesté: — "Sí, fui yo".
Asumí toda la responsabilidad. A las 4 de la tarde de ese mismo día, estaba despedido. Se acabó el proyecto y me quedé en la calle.
Ese año tuve dos terremotos. Todavía me pregunto cómo sobreviví.
Dos lecciones que hoy aplico en los negocios
La primera: el hambre y la necesidad a veces te hacen aceptar negocios y cargos que no deberías tocar ni con un palo. La segunda: la culpa siempre es huérfana. Las empresas están llenas de "profesionales" que se esconden debajo del escritorio cuando las papas queman.
Ese día perdí el trabajo, pero no perdí el respeto por mí mismo por no dar la cara.