Santiago-Talca, Talca-Santiago.
Ayer fue imposible escribir mi correo. Con mi mujer fuimos a dejar a mi viejo a Talca, después de llevarlo al doctor.
Otro viaje. Pero este sí fue de locos.
Un cliente me pidió que le llevara urgente unos estuches para completar un embarque importante. Por transporte regular no llegaba a tiempo. Le dije que los llevaba yo mismo, en mi camioneta. El cliente, feliz: salvábamos la situación.
Convencido de estar haciendo lo correcto, le cuento a mi mujer: "Amor, tengo una urgencia, tengo que ir a dejar unos estuches, es en el sur."
Ella me miró: "Entiendo. ¿Pero dónde vas?"
Con la calma de quien va a Viña, le digo: "Tengo que ir a Collipulli."
Ella respiró profundo: "Son las 12 del día. ¿Sabes cuántos kilómetros son de Santiago a Collipulli?"
La verdad, no tenía idea. Se lo dije directo: "No sé. Solo sé que tienen que llegar hoy y ya estoy comprometido."
No suelo ser terco. Somos excelentes partners, y siempre estoy dispuesto a escuchar y cambiar de opinión si mi propuesta es muy impulsiva. Pero esta vez fui firme: "Amor, estés o no de acuerdo, tengo un compromiso y lo voy a cumplir."
Ella entendió que era uno de esos innegociables. Sin dudar: "Ok, te acompaño."
Armó algo para comer. Yo cargué la camioneta. Partimos directo, sin escalas.
Manejamos 6 horas 40 minutos. 598 kilómetros. Llegamos tarde, pero cumplimos.
Conversamos, nos reímos, discutimos. De vuelta manejó ella. Nos quedamos en Molina y retomamos al otro día.
Fue una torpeza adquirir ese compromiso. Pero me sentí orgulloso de ese nivel de pasión por mi negocio. Y más orgulloso todavía de la relación que tengo con mi mujer.
Igual que el viaje a Talca de ayer, ida y vuelta: con buena compañía, hasta las locuras se convierten en una buena historia que vale la pena escribir.
No ando buscando historias. Ellas me buscan a mí. Solo tengo que estar dispuesto a vivirlas.