Hoy estuve a punto de romper mi racha.
Dos de mis hijos trabajan en el Museo Taller. Es un lugar hermoso donde rescatan y enseñan a usar herramientas antiguas.
Tienen de todo: serruchos, taladros del año uno, e incluso pesadas máquinas de imprenta. Son herramientas cargadas de experiencia y sabiduría que no conocen la obsolescencia programada. El tiempo, en vez de volverlas inútiles, las transforma en piezas de arte.
Ver a niños y adultos fascinarse con el peso de lo material, a años luz del RGB de las pantallas, es increíble. Estoy muy orgulloso de ellos y del trabajo que hacen.
Fui a apoyar a mi hija en algunos procesos y el tiempo se me pasó volando.
Pero mientras miraba esas viejas herramientas de metal y madera, reales y tangibles, me acordé de una promesa que había dejado pendiente.
Vivimos en un mundo digital lleno de PDFs basura. Archivos que te descargas gratis, que guardas en una carpeta en tu computador y que jamás en la vida vas a leer. Son fantasmas digitales.
Por eso mi producto tenía que ser físico. Porque en las ventas, como en la vida, lo que puedes tocar y sentir tiene otro peso. Exige tu atención.
Mi primer producto físico, la hoja de ruta exacta que uso para comunicarme directo, no competir por precio y cerrar tratos, ya está impreso. Es una herramienta diseñada para estar en tu escritorio y ser consultada cada vez que no sepas cómo escribir o negociar.