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Por salir tarde casi terminamos en el acantilado

9 de junio de 2026

La necesidad de desconectarnos nos llevó a buscar un lugar apartado en Matanzas. En las fotos, por supuesto, se veía hermoso.

Pero haciendo los preparativos, salimos muy tarde.

Llegamos a la zona a eso de las 9 de la noche. El mapa del celular indicaba que estábamos en el lugar correcto, pero cuando miramos por la ventana del auto, literalmente no había nada. Solo un portón y un camino de tierra que parecía ir hacia ninguna parte.

Avanzamos un poco, pero era una verdadera boca de lobo.

Se escuchó un queltehue, andaba un chingue cerca, pero de gente, ni la sombra. Llamamos a la dueña de la cabaña y, para sumar tensión a la noche, no contestó. Avanzamos otro tramo y vimos unas cabañas... pero estaban abandonadas.

Parecía que todo estaba en contra. El instinto básico a esa hora te grita que des media vuelta antes de terminar en el fondo de un acantilado.

Pero nos calmamos. Respiramos profundo, decidí arriesgarme y seguimos avanzando por ese camino oscuro.

Hasta que, de pronto, vimos luces. Habíamos llegado.

Bajamos un poco desorientados y cansados, pero inmensamente felices. Hoy es mi cumpleaños, y estar acá en esta cabaña, con la bosca prendida, una copa en la mano y acompañado de mi mujer, es el mejor regalo del mundo.

Te dejo una reflexión rápida que me dejó esta aventura y que aplica perfecto a las ventas.

En los negocios, muchas veces vas a arrancar tarde. No vas a tener el escenario ideal.

Vas a tener que improvisar y meterte en caminos que son una boca de lobo. Habrá clientes que no contesten el teléfono y prospectos que parezcan cabañas abandonadas. El miedo te va a pedir que retrocedas.

Pero la diferencia entre el que factura y el que quiebra, es la capacidad de mantener la calma en la oscuridad. A veces, tolerar la improvisación y tener la sangre fría para avanzar un par de metros más cuando no se ve nada, es lo único que necesitas para encontrar las luces y cerrar el trato.