A principios de mes me puse una meta.
Una sola, clara, con número. No te la voy a contar, pero te cuento cómo terminó: estuve a punto.
Dos pedidos no alcanzaron a salir antes de que se cerrara el mes.
Y aun así, fue uno de los mejores meses que he tenido en mucho tiempo.
Tengo la sensación de que cuando uno se pone una meta, pareciera más fácil llegar a ella.
Cuando no te la pones, la energía se dispersa. Pierdes la visión. Se te pierde el rumbo.
Con la meta enfrente, cada cosa que iba pasando la iba acomodando hacia allá. Un pedido, una cotización, una llamada.
La meta me ordenaba el día.
Trazarse un camino, planificarlo y llevarlo a cabo.