Las mejores vacaciones que recuerdo de niño fueron en la laguna.
Ya te he contado varias historias, pero esta la tenía olvidada.
No sé cuántos veranos fuimos. Fueron muchos, y la rutina era siempre la misma.
Mi viejo contactaba a un amigo jubilado que tenía una furgoneta. Se la arrendaba para que nos fuera a dejar, nos abandonara a nuestra suerte por al menos 10 días y volviera a rescatarnos.
Era espectacular.
Ahí mi viejo me enseñó a pescar.
En la laguna había carpas y pejerreyes. A las primeras había que hacerles el quite: una maraña de huesos y espinas. El oro estaba en los pescaditos chicos.
Se pescaba a las 6 de la mañana o de noche, con lámparas en la orilla para atraer a los peces curiosos.
Mi viejo tenía una caña vieja. A mí me fabricó una con un tarro de Nescafé y un palo de escoba como manilla. El tarro era el rodillo donde se enrollaba el hilo.
En la punta, plomos y dos o tres anzuelos con gusanos de Tebo, que comprábamos cerca de Lontué. Y a lanzar.
Rústico, pero eficiente.
Una vez pescamos tantos que hicimos charqui. Los colgábamos en alambres, pasados por los ojos, los salábamos y espantábamos a las chaquetas amarillas.
Llenamos un saco. A mí no me gustaba mucho, pero mis viejos le hacían chupete.
Con un tarro de Nescafé se pesca igual. Lo que importa es saber a qué hora tirar el hilo y qué poner en el anzuelo.