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Pescar con un tarro de Nescafé

24 de septiembre de 2026

Las mejores vacaciones que recuerdo de niño fueron en la laguna.

Ya te he contado varias historias, pero esta la tenía olvidada.

No sé cuántos veranos fuimos. Fueron muchos, y la rutina era siempre la misma.

Mi viejo contactaba a un amigo jubilado que tenía una furgoneta. Se la arrendaba para que nos fuera a dejar, nos abandonara a nuestra suerte por al menos 10 días y volviera a rescatarnos.

Era espectacular.

Ahí mi viejo me enseñó a pescar.

En la laguna había carpas y pejerreyes. A las primeras había que hacerles el quite: una maraña de huesos y espinas. El oro estaba en los pescaditos chicos.

Se pescaba a las 6 de la mañana o de noche, con lámparas en la orilla para atraer a los peces curiosos.

Mi viejo tenía una caña vieja. A mí me fabricó una con un tarro de Nescafé y un palo de escoba como manilla. El tarro era el rodillo donde se enrollaba el hilo.

En la punta, plomos y dos o tres anzuelos con gusanos de Tebo, que comprábamos cerca de Lontué. Y a lanzar.

Rústico, pero eficiente.

Una vez pescamos tantos que hicimos charqui. Los colgábamos en alambres, pasados por los ojos, los salábamos y espantábamos a las chaquetas amarillas.

Llenamos un saco. A mí no me gustaba mucho, pero mis viejos le hacían chupete.

Con un tarro de Nescafé se pesca igual. Lo que importa es saber a qué hora tirar el hilo y qué poner en el anzuelo.