Alguien que conozco muy bien está tomando una decisión importante.
Va a dejar un trabajo estable, en una empresa grande, prestigiosa, con futuro. Lo va a cambiar por una oportunidad con grandes proyecciones — tan grandes como los riesgos que está tomando.
Mientras te escribo esto me acordé de una historia que me contó un amigo melómano, sobre Bob Dylan.
De un día para otro, sin avisarle a nadie, se paró en el escenario y dejó atrás la guitarra de palo y el folk de protesta. Lo cambió por la guitarra eléctrica y el rock.
La gente le tiró tomates. Se enojó. Lo abucheó. Se decepcionó de su artista favorito.
A Dylan le importó un carajo.
Porque entendió algo: canta primero para él. Canta lo que quiere cantar. No espera agradarle al público — es el público el que lo elige a él.
No voy a comparar a Bob Dylan con un mortal como tú, como yo, o como esta persona que está por dejar su trabajo. No es el punto.
El punto es este: si quieres algo más trascendente y más satisfactorio, tienes que buscar la incomodidad. Esa incomodidad que, poco a poco, va perdiendo protagonismo hasta que aflora la satisfacción de lo que conseguiste.
Yo también tuve que buscar la mía. Fue escribirte todos los días, sin saber si alguien me iba a leer.