Eso fue lo primero que escuché cuando pedí el puesto.
Yo trabajaba en el área de desarrollo, asistiendo a los vendedores y administrando sus carteras desde la oficina. Pero se abrió una oportunidad grande: atender a una empresa en Paraguay. Había que viajar constantemente, vivir allá una semana al mes.
Apenas supe que estaban buscando a alguien, fui donde mi gerente y le dije: "Yo quiero el puesto".
Conocía al cliente desde el desarrollo técnico y estaba seguro de que podía hacerlo bien. Incluso antes de tener el "sí", reuní a mi familia (mis hijos eran pequeños) y les dije que papá iba a viajar mucho. Fue un impacto fuerte, pero yo soy de ideas fijas.
La respuesta de la empresa fue un portazo en la cara: NO.
Nunca había sido vendedor oficial. No tenía la "formación suficiente". Razones para no elegirme tenían por montones y me las dieron todas.
Después de muchas reuniones y negativas, usé el único argumento que me quedaba. Miré a mi jefe a los ojos y le dije:
— "Si el problema es que nunca he sido vendedor, yo le pregunto a usted: cuando fue gerente por primera vez, ¿sabía hacerlo? Estoy seguro que no. Pero tuvo la oportunidad de aprender en el proceso".
Hubo un silencio largo. Me miró y me lanzó la última prueba:
— "¿Y si te equivocas o fallas?"
— "Fácil. Pierdo el empleo. Usted no pierde nada".
Fui asignado.
La verdad es que no sabía NADA de ventas internacionales, pero aprendí más en esos viajes a Asunción que en cualquier curso.
La lección es simple
No aceptes el primer "No" como respuesta definitiva. La venta, la vida y el amor funcionan igual: el que se queda con el "No", pierde. El que insiste y pone su pellejo en juego (como yo ofreciendo mi empleo), gana.
Si tus vendedores aceptan el primer "No" del cliente y se rinden, tu empresa está perdiendo plata.