Mi primer trabajo en serio fue de "Junior".
En Chile, así les decimos a los ayudantes que hacen todos los trámites. Para el puesto debía usar traje y corbata, así que mi tío me prestó uno para poder empezar.
Tenía que ir al banco a depositar maletines con cheques por muchos millones. Todo era legal y nominativo, pero igual me daban dinero para el taxi por seguridad.
Un día, saqué una cuenta que me pareció brillante:
"¿Y si me quedo con las lucas del taxi y me voy a pie? Total, no es tan lejos y nadie sabe lo que llevo en el maletín".
Me sentía un genio de las finanzas. Me embolsaba esas chauchas y caminaba bajo el sol. El negocio redondo... hasta que dejó de serlo.
A la semana, entré a la oficina de mi jefe para la rendición de gastos. Le entregué el papel muy "suelto de cuerpo". Él me miró fijo a los ojos y soltó el hachazo:
— "Jaime, ¿por qué me estás cobrando un taxi que no te estás tomando?"
Me puse rojo. La vergüenza fue tan grande que ahí mismo entendí la lección: esas monedas que me quedaba eran insignificantes comparadas con la confianza que la empresa había depositado en mí. Estaba arriesgando mi reputación por el precio de un pasaje.
Aprendí a fuego que la transparencia tiene un valor incalculable.
Hoy, después de 35 años en los negocios, abordo todo desde esa honestidad. Me han estafado y he perdido dinero, pero mi integridad siempre me ha permitido recuperar lo perdido.
¿Por qué te cuento esto?
Porque en las ventas B2B y en la comunicación corporativa, muchos intentan "ahorrarse el taxi". Tratan de adornar verdades, ocultan fallos o prometen lo que no pueden cumplir por ganar una venta rápida.
Arriesgan la confianza del cliente por una ganancia pequeña.
Yo ayudo a gerentes y empresas a construir un relato basado en la autoridad real y la confianza. Porque cuando eres honesto y sabes comunicarlo, no necesitas perseguir el dinero; el dinero te sigue a ti.