Ayer no alcancé a mandarte el correo.
Fue un día de esos.
A las 7 partí al gimnasio. Voy tres veces por semana y ayer me tocaba el último.
A las 9 me invitaron a un cumpleaños. Gente que conozco hace muy poco.
A las 11 tenía reunión con un ex cliente que no veía hace más de 10 años.
Volví a la casa y me esperaban los pendientes de clientes nuevos.
En la noche, con mi mujer teníamos entradas al teatro. He ido a muy pocas obras en mi vida.
La obra estuvo espectacular, y después un conversatorio.
Afuera, una tormenta de granizo aplastaba la ciudad. Adentro, la actuación nos aplastaba a nosotros. Traspasó la pared.
Casi me paro de la butaca a interpelar al actor que provocaba al público.
Fue un momento mágico.
Terminamos celebrando el día en un bar. Felices y cansados.
Hoy, con el café en la mano, me quedo con algo.
Pude haber dicho que no a cualquiera de esas cosas. Al cumpleaños, porque no los conozco tanto. Al ex cliente, porque han pasado diez años. Al teatro, porque estaba cansado.
Y me habría perdido el día.
Uno se acostumbra a lo que ya conoce y empieza a creer que ya lo vio todo. Basta un día así para comprobar todo lo que queda por hacer.
Gente nueva. Cosas nuevas. Y un actor que te obliga a moverte en la butaca.
La granizada me la perdí. No me arrepiento.
Hoy te mando el correo de ayer. El lunes, el que toca.