Mi viejo me enseñó a pelear a combos.
Me acordé hoy en la mañana.
De niño fui tímido y temeroso. No jugaba a las bolitas para no perderlas. No encumbraba los volantines que me hacía mi abuelo, le tenía mucho miedo a la pérdida. Tampoco peleaba.
Pero mi viejo se empeñaba en que aprendiera.
Se ponía al frente y me presionaba: "Ponte en guardia y lánzame un golpe".
Yo no me atrevía.
Entonces me miraba desafiante y me lanzaba unas cachetadas, alternando las mejillas. Eran firmes, pero más que dolor sentía coraje. Y repetía: "¡Ya pues! Aprieta la mano y lánzala. Vamos, no tengas miedo".
Yo, casi llorando, me resistía. Y de nuevo las cachetadas. Él se reía y me insistía.
Tendría unos 8 años. No aguanté más.
Le lancé un derechazo que se fue directo a su labio superior. Todavía siento cómo mi mano y su diente le aplastaron el labio hasta romperlo. En el acto le sangró.
Mi viejo se rió: "Bien hijo, así se hace".
Me puse a llorar y me abrazó. Un abrazo cariñoso, casi contradictorio, que logró calmarme.
No volvió a hacerlo. Le pareció que había aprendido la lección.
Para ser justos, la aprendí a medias. Nunca me gustó pelear, lo evitaba a toda costa. Pero tuve dos enfrentamientos que duraron un solo golpe. Uno bien dado evitó que la pelea se alargara y me dejó un apodo: Mano de Piedra Durán.
Tuve suerte. Nunca más tuve que agarrarme a combos.