Años 80. Sábado. 6:00 AM.
Mi papá me despertaba para ir a hacer "footing" (así le decíamos al running en esa época). Y digo "me despertaba" porque no era una pregunta. Simplemente había que levantarse y salir.
Hacía un frío brutal en Puente Alto, pero a los pocos minutos de trote se te olvidaba. Él me enseñaba a respirar: "Mantén el ritmo. Toma esta rama de hinojo, póntela en la nariz y te va a abrir los pulmones".
Fueron muchísimas mañanas subiendo el cerro de Bajos de Mena, aún a oscuras. Pero hubo una que se me grabó a fuego.
Era un 21 de mayo. Estábamos trotando justo frente al cementerio cuando el antiguo regimiento de Puente Alto empezó a disparar los 21 cañonazos de rigor.
Al primer estruendo, mi viejo —que nunca fue militar, pero tenía una imaginación tremenda— me grita:
"¡Pecho a tierra!".
Terminamos serpenteando las lomas, arrastrándonos por la tierra y esquivando artillería imaginaria. Fue alucinante.
Te cuento esto por una razón de negocios. Esa mezcla exacta de constancia, repetición y una buena historia hizo que yo terminara esperando con ansias que dieran las 6 de la mañana del sábado para ir a pasar frío.
Ese es exactamente el mismo efecto que genera la escritura persuasiva en tus clientes.
Llevo 33 días seguidos escribiendo. Sin fallar uno solo. Construyendo el hábito para demostrar con hechos, y no con teoría de universidad, por qué tengo el oficio para arreglar las ventas de tu empresa.
Si tu equipo comercial manda cotizaciones que la gente ignora, es porque están disparando balas de fogueo. No generan ninguna emoción, no conectan y nadie los espera.
Si quieres que tus clientes esperen lo que escribes y te respondan, necesitas persuasión.