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Los últimos pámpanos del parrón

15 de septiembre de 2026

Cuando era niño vivía en la calle Leonardo Da Vinci, en la población Las Brisas. Ahí todas las calles llevan nombres de pintores — me sigue pareciendo un detalle precioso.

En esa casa, donde nací, mis viejos tenían un parrón con tres tipos de uva. La clásica amarilla, de racimo ralo y desordenado, maduraba a su propio ritmo. La roja, de gajos apretaditos, nos la comíamos hasta con arañita. Y la dedo de dama, "coco de gallo" — la preferida de mi papá, estrictamente prohibida para nosotros.

Tres uvas exquisitas, en Puente Alto, zona de Grandes Viñedos (algo va quedando aún). Era imposible que saliera una uva mala. Hasta hoy me cuesta comprar uva en la feria: me parece absurdo pagar por algo que antes tenía gratis en el patio de mi casa.

Yo era seco comiendo uva. No se desperdiciaba ni un racimo. Y al final de la temporada quedaban los últimos pámpanos — así les decíamos a los racimos que se dejaban para los pájaros. Con las hojas ya cayendo, les llegaba todo el sol de la tarde y quedaban acaramelados, dulces hasta decir basta.

Yo iba por esos. Le pedía permiso a la virgen de la gruta en la esquina, me trepaba hasta la pandereta que separaba mi patio del vecino, me sentaba con los pies colgando y la copa del parrón me quedaba como una mesa servida. Ahí me pasaba la tarde entera, comiéndomelas con tierra y todo, tibias todavía por el sol.

Nunca he vuelto a probar una uva tan dulce.

¿Tienes tú algún sabor de la infancia que todavía extrañas? Cuéntame.