Uno de mis primeros trabajos fue en una feria artesanal.
Un amigo me ofreció el puesto. Vendíamos unos pergaminos de papel de arroz con frases motivacionales. ¡Qué producto más malo, por Dios! Pero, por alguna extraña razón, estaban de moda y la gente se acercaba a mirar.
Yo estaba aterrado. Era mi debut.
En eso, se acerca una señora, escudriña los pergaminos y me pregunta:
— "Mijito, ¿estos pergaminos se venden harto?"
El pánico me nubló y mi boca disparó la respuesta más honesta y comercialmente estúpida que un novato puede dar:
— "No, fíjese".
En el microsegundo que terminé de pronunciar la frase, me di cuenta del error garrafal. Fue el mismo arrepentimiento instantáneo que sentí la vez que probé el café de higo que tomaba mi amigo (que me perdonen los que disfrutan esa atrocidad).
Te cuento esto porque hoy, 35 años después, estoy a punto de enviar una propuesta comercial muy importante para destrabar la facturación de un cliente. Y te confieso algo: el estómago se me aprieta casi igual que ese día en la feria.
Ese temor nunca se va. Es como el miedo del actor antes de que se abra el telón. Si no lo sientes, tienes un problema grave. Significa que ya te acomodaste.
La única diferencia es que hoy el miedo no me paraliza para decir idioteces. Hoy tengo el oficio, los kilómetros caminados y la confianza absoluta en que mi trabajo funciona.
Si tu equipo comercial ya no siente esa adrenalina al vender, o si se esconden cómodamente detrás de cotizaciones enviadas por correo para no dar la cara ni recibir un "no", tu negocio está perdiendo plata.
Yo les devuelvo el filo. Tomo sus correos, los limpio del lenguaje corporativo robótico y les inyecto calle y persuasión para que tus clientes por fin les respondan.