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Las bolitas que nunca aposté

24 de junio de 2026

Cuando chico era exageradamente precavido. Casi temeroso.

Si compraba bolitas para jugar en el barrio, no las apostaba con los otros niños. Las guardaba en un tarro por miedo a perderlas. Cuando mi abuelo me regalaba volantines hechos por él, en vez de encumbrarlos, los metía debajo del sofá cama hasta que el papel se secaba y juntaba polvo.

En Kinder fue peor. Mi mamá me mandaba con una parka gruesa. "Tenga cuidado y no la vaya a perder", me decía. Con eso bastaba para que no me la sacara en todo el día, aunque hiciera un calor de locos y los demás niños anduvieran jugando felices con la manguera. Me daba pánico que mi parka se perdiera en el montón de ropa del resto.

El cambio me llegó con la música.

Aprender a tocar guitarra me obligó a exponerme. ¿De qué servía saber cantar si me guardaba las canciones en una pieza vacía? Yo quería el aplauso. Quería que me escucharan.

Esa guitarra rompió el patrón. Me enseñó el valor de arriesgar.

Hoy escribo todos los días para miles de personas. Me expongo. Y en estos casi 100 textos he volcado todo lo que he aprendido vendiendo en la calle y en el papel.

¿Vas a seguir guardando tus canciones en una sala vacía por miedo a perder?