Artículo

La muralla de zarzamora

12 de junio de 2026

Hoy es el último día de esta semana de pausa y desconexión.

Y quizás por estar con la mente despejada, me acordé de otra historia de esas vacaciones de infancia en la Laguna de Aculeo.

Llevábamos unos tres días acampando en la laguna. De la nada, y no sé de dónde sacó la idea, mi viejo nos anunció que haríamos una caminata hacia los cerros de la zona.

Trato de recordar la escena con exactitud y nos veo subiendo la cuesta, sudando, llevando unos baldes de plástico vacíos en la mano.

Avanzamos hasta la cima y, al llegar a una especie de valle, nos encontramos con unas verdaderas murallas de zarzamoras. Era un paraíso salvaje. Sacamos moras y comimos ahí mismo hasta el hartazgo. Luego, llenamos los baldes hasta el tope con las moras más gigantes que he visto.

Bajamos de vuelta al camping y mi vieja, con lo poco que teníamos a mano en esa carpa, se puso a cocinar. Hizo la mermelada de mora más rica que he probado en toda mi vida.

Me acuerdo de esto y pienso que hoy es prácticamente imposible tener una de esas aventuras sin tener que pagar entrada, contratar un tour o pedir permiso. Todo está empaquetado.

Pero haber vivido esos relatos en primera persona marcó profundamente mi forma de ver la vida y los negocios.

Me enseñó que las cosas de mayor valor, las que de verdad te dejan un sabor inolvidable (ya sea una mermelada, un proyecto o un gran cliente), rara vez vienen en una caja lista para comprar.

Casi siempre requieren que camines cuesta arriba, que te rasguñes un poco las manos con las espinas y que llenes el balde por tu propia cuenta.

Hoy se acaban mis "vacaciones de invierno". Vuelvo a la oficina, vuelvo a las pistas y vuelvo a los negocios.

Pero hoy, me tomo mi último día para disfrutar el silencio y recordar el olor a esa mermelada.