Segundo medio.
Yo era el típico cabro que no llamaba la atención de nadie. Ni para bien, ni para mal. Era, a todas luces, invisible.
Hasta que agarré una guitarra de palo.
Aprendí a tocar y, sin tener idea de que podía hacerlo, descubrí que también podía cantar. De repente, todo cambió. Mis amigos me pedían que cantara en los recreos y los profes me llevaban a otros cursos a mostrar lo que hacía.
No me convertí en un rockstar, claro, pero descubrí algo muy potente: la guitarra me dio una voz. Rompió la barrera de la incomunicación y, por primera vez, dejé de ser invisible.
Hoy, bastantes años después, tuve que aplicar la misma lección.
En mi imprenta sufrí un golpe de esos que te dejan sin aire. De un plumazo, perdí a la cartera de clientes que sostenía la inmensa mayoría de mis ventas. El piso simplemente desapareció.
Estaba contra las cuerdas y me estaba volviendo invisible otra vez.
Tenía dos opciones: echarme a morir, o agarrar un "nuevo instrumento" para volver a hacerme escuchar.
Ese instrumento fue la escritura y la comunicación directa. Decidí imponerme la rutina de escribir, de afilar mis mensajes, de dejar de mandar cotizaciones aburridas y empezar a conectar de verdad.
¿El resultado?
Hoy, apoyado por mi equipo, proveedores y clientes, tengo en la mesa proyectos de un volumen que hace mucho no veía. Cotizaciones pesadas, de esas que te cambian el año. Además, recuperé la fuerza para sentarme con amigos a tomar un café y ayudarlos a destrabar sus propias ventas estancadas.
Todo este cambio de energía vino de una sola decisión: la decisión de no desaparecer.
Afuera la cosa funciona igual. Si eres uno más del montón que manda el típico PDF y no sabe hablar de frente, eres un fantasma. Pero cuando aprendes a tocar la nota correcta y te comunicas con claridad, la gente se detiene a escucharte.