Llevo 5 minutos mirando la pantalla en blanco.
Hoy es mi texto diario número 50 y no sabía qué escribir. Así que haré lo de siempre: contar la verdad.
Ayer fui a una importante feria de packaging. Esperaba encontrar innovación, pero vi un ambiente gris. Me senté en una charla y no aguanté ni 5 minutos de lo latera que era.
Luego subió una de las encargadas. Una mujer con años de experiencia en el rubro. Sus ojos estaban perdidos. Su relato carecía de pasión. Cero magnetismo.
Automáticamente me acordé del capítulo de Los Simpson donde Bart y Lisa visitan una aburrida fábrica de cajas. Exactamente así se sentía. Un trámite sin alma.
Salí de ahí con la cabeza revuelta y te confieso algo: estoy en un momento complejo.
Me apasiona este mundo de la escritura persuasiva, pero necesito que mi imprenta de toda la vida levante sus ventas en medio de este mercado lento. Ahí es donde aparece el fantasma susurrándome: "Jaime, si tu propia empresa está peleando las ventas, ¿cómo vas a convencer a otros gerentes de mejorar las suyas?"
Pero recordando a esa mujer de la feria, encontré la respuesta.
El verdadero peligro de una empresa no es que las ventas bajen un mes; la niebla nos tapa a todos. El peligro real es perder el brillo en los ojos y resignarte a ser solo una "fábrica de cajas" con un relato que ya no contagia a nadie.
Si el mercado está lento, yo no me quedo esperando. Escribo. Afino mi mensaje. Busco el ángulo. No dejo que mi relato se apague.
Eso es exactamente lo que ofrezco. No soy un gurú de escritorio; soy un empresario en la trinchera, igual que tú. Llegar al texto 50 ininterrumpido me confirma que este es el camino.