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La costra de barro en la ventana

24 de julio de 2026

Es tarde, pero esto va igual.

Sigo de viaje con mi viejo. Mientras viajábamos a Lolol llovió todo el camino y me acordé de cuando éramos niños. Con mi hermana acompañábamos a mis padres a dar un paseo en la citrola de mi viejo por Isla de Maipo, visitando antiguos clientes que ya eran amigos.

En esa época había muchos caminos de tierra, de puro barro, y llovía copiosamente. A la citrola le faltaba el tapabarro delantero izquierdo —seguro lo estaban reparando—, pero eso no frenó a mi viejo. Se hizo una costra de barro gigante en mi ventana, tanto que la tapó entera. Era muy divertido ver saltar el barro por la rueda sin protección.

Pasamos a dos o tres lugares. Uno jamás lo olvidaré: nos invitaron a tomar té ya tarde y nos convidaron el postre del almuerzo: unas guindas en almíbar hechas por la dueña de casa. Era una casona grande con chimenea. Inolvidable. Yo siempre pensé que habíamos ido a una isla de verdad, pero de niño no me cuadraba mucho.

En los negocios pasa calcado. Muchos esperan tener el "auto perfecto" antes de salir a vender. Quieren la web ideal, el logo impecable y todo listo. Mi viejo salía con la citrola sin tapabarro, bajo la lluvia, y terminaba tomando té y guindas en almíbar con sus clientes-amigos.

La venta real se hace con las manos en el barro, sin esperar la perfección.