Antes de entrar al mundo real, intenté de todo. Vendí servilletas a restaurantes, fui comerciante ambulante, trabajé para contratistas que pagaban miserias. No sufrí mucho, pero no gané ni uno.
Mi entrada a las grandes ligas no fue por un título universitario, fue por una guitarra.
Mi profesor de música me invitó al conjunto folclórico de una empresa gigante en Puente Alto: la CMPC. Durante cuarto medio me transformé en su estrella. En serio, no miento: fui la voz y la guitarra más importante. Me adoraban.
Gracias a esa "fama", y al empuje de mi tío (mi segundo padre), entré a trabajar a ese lugar. Partí de Junior, pero el folclor fue mi pasaporte. Me permitió conocer transversalmente a gerentes, jefes de turno y al área de desarrollo de productos.
Ahí aprendí el oficio de las artes gráficas y el papel. Crecí rápido. Incluso convencí a un amigo, 10 años mayor, de que se atreviera a pasarse a ventas. Él no se tenía fe, pero yo sí. Lo empujé y le fue increíble.
Todo iba viento en popa hasta que la estrategia de la empresa cambió. Cerraron la fábrica.
Yo, joven y quizás un poco soberbio, desoí el consejo de mi gerente ("No se vaya a la competencia, se va a arrepentir"). Me fui igual a una empresa inestable solo porque pagaban un poco más.
¿Por qué te cuento esto?
Porque en los negocios, a veces el talento (tocar la guitarra) te abre la puerta, pero solo la estrategia te mantiene adentro. Yo tenía el talento, pero fallé en la estrategia y terminé en la calle.
Mañana te cuento cómo ese error me llevó a manejar un taxi —sí, ese que no podía pagar— y cómo el "karma" de haber ayudado a un amigo me salvó la vida.