Hace una semana conocí a un tipo en el gimnasio. Hoy es casi mi nuevo mejor amigo.
Me contó una historia que te vuela la cabeza. Él es fanático del fisicoculturismo y su sueño máximo en la vida era conocer a Arnold Schwarzenegger. Algo que para el 99.9% de los mortales suena a misión imposible.
Pero él lo hizo simple.
Viajó a Estados Unidos, ubicó el gimnasio exacto donde entrena Arnold, hizo las preguntas correctas a la gente correcta y averiguó qué día y a qué hora iba.
Cuando tuvo la fecha, esperó el momento adecuado y se le acercó.
Pero aquí está la lección magistral: no llegó pidiéndole una foto o un autógrafo como hacen todos los novatos. Llegó ofreciéndole un regalo.
Entregó valor antes de pedir nada a cambio. El mensaje fue tan distinto a lo que Arnold está acostumbrado a recibir, que no solo conversaron, sino que mi compañero de gimnasio terminó invitado a su fiesta de cumpleaños.
Y bueno, por transitividad, hoy te puedo decir con orgullo que estoy a un solo grado de separación de Terminator.
¿El punto de esto para los negocios?
Aplica exactamente igual cuando tratas de llegar a un Gerente General o a un tomador de decisión que parece inalcanzable.
Si llegas a su puerta pidiendo cosas —"dame una reunión", "cómprame", "escucha mi presentación"—, eres uno más del montón. Te van a ignorar, igual que a los miles de fans que piden una foto.
Pero si llegas ofreciendo una solución, un dato útil o algo de valor genuino, las puertas de hierro se abren solas.