Suelo sacar a las perritas justo a las diez de la noche.
Algunas veces salgo con mi mujer a caminar con ellas. Otras, las llevo al canil que queda muy cerca de casa.
Ellas ya conocen la hora.
Escuchan cuando tomo las llaves del llavero que está justo en la puerta de salida y el caos comienza. Se emocionan tanto que saltan sobre mí, ladran, se muerden, se empujan. Las amarro con mucha dificultad mientras intento calmarlas para que no salgan hechas unas locas.
Termina el paseo, volvemos a casa, les doy comida y se acaba el día.
Otras veces, como hoy, estoy cansado y las traiciono un poco.
Para que entiendan que no vamos a salir, no tomo las llaves. Salgo por la cocina hacia el patio.
Ese pequeño cambio genera una conducta muy distinta.
Igual se ponen un poco intensas. Las acaricio y les digo: hoy no toca salir, vamos directo a la comida.
Quizás se decepcionan un poco (eso creo, al menos), pero aceptan y lo reciben con gratitud.
No les expliqué nada. No les di un discurso.
Solo cambié la puerta.
Ellas no escuchan lo que les digo. Escuchan el llavero.
Llevo meses haciendo sonar el mío todos los días, más o menos a la misma hora.
Tú también ya conoces la hora.