Ya lo he contado antes, pero la fuerza de la costumbre es una cuestión maravillosa.
Todos los días, sagradamente, llevo a mis perritas al canil. Nos juntamos con otros perros y sus dueños. Media hora, a lo más una hora. No es gran cosa: los perros juegan, nosotros conversamos un poco de nada especial y listo. Pero con el tiempo, casi sin darnos cuenta, nos convertimos en una manada. Forjamos una amistad de fierro.
Hace unos días, el perro que lidera la manada se enfermó grave. Nos preocupamos, preguntamos por él y hoy, por fin, apareció de vuelta en el canil.
Ver la alegría de mis perritas, de los otros perros y del convaleciente al verse de nuevo fue una recompensa tremenda. El poder de la rutina crea lazos invisibles pero indestructibles.
En las ventas pasa exactamente lo mismo.
Muchos esperan el "momento de inspiración" o una gran campaña para aparecer frente a sus clientes. Error de novato. Lo que realmente construye una manada de clientes fieles —gente que se preocupa por ti, que te lee y te compra de forma sagrada— no es un golpe de genialidad. Es la rutina diaria de escribirles.
Quince o veinte minutos al día. Simple, constante y con tu propia voz. Así es como se entrena la musculatura de ventas y se domina el territorio.