Marzo de 1987: el día que dejé de ser uno más
Enero de 1987. Tenía la guitarra de palo en mis manos y un problema gigante: nadie en mi familia tocaba un instrumento.
Mi única referencia era mi padrino, que tenía una colgada en la pared y la rasgueaba de vez en cuando. Con eso, y una revista La Bicicleta (los más viejos sabrán de qué hablo), me encerré a ensayar. Tenía dos meses para ponerme a la par de mis compañeros o el profesor me devolvería a la flauta dulce.
Llegó marzo.
El profesor, con esa cara de desconfianza que ponen los que ya lo han visto todo, abrió la clase permitiendo que los que "dieron bote" con la guitarra volvieran a la flauta. Yo pedí entrar a guitarra. Me miró como si estuviera loco.
—"Si te sabes una canción, tócala para evaluarte"— me dijo.
No tengo reparos en decirte que ese día, sin haber tenido una sola clase oficial, ya era el mejor alumno de ese segundo medio. Pero ahí descubrí algo más: podía cantar.
Cuando terminé la canción, sus ojos brillaron. No solo estaba tocando las notas; estaba transmitiendo algo. Había dejado de ser un alumno mediocre para convertirme en alguien a quien valía la pena escuchar.
¿Por qué te estoy escribiendo esto?
Porque estoy preparado para entrar en tu equipo de ventas y descubrir quién tiene el potencial de ser una estrella y quién solo está haciendo ruido.
Hoy, la mayoría de los vendedores "tocan la flauta" porque es lo más fácil. Yo te ayudo a que aprendan a tocar y cantar para que tus clientes se detengan a escucharlos.
Cuando yo canto, exijo que me escuchen. Si no hay disposición, guardo la guitarra y tú te lo pierdes.