En el año 86 entré a la enseñanza media y me di cuenta de una verdad incómoda: era un alumno mediocre. Lo digo sin eufemismos y, a estas alturas, con muy poca vergüenza.
Pero un profesor de música cambió mi perspectiva con un discurso escueto y brutal:
Dijo que no gastaría ni un recurso en enseñarle a los que no tenían interés real. Que les "regalaría la nota" si querían zafar del ramo, pero que solo enseñaría guitarra a quienes tuvieran una en casa para practicar.
Yo no tenía guitarra. Me pasé meses "mirando para la carnicería", tocando la flauta dulce y viendo cómo mis compañeros fallaban con las cuerdas. Ese año no pedí grandes cosas, solo le pedí a mi papá —de todas las formas posibles— una guitarra. En la Navidad del 86, el Viejito Pascuero llegó con mi primera guitarra de palo. Cambió mi vida para siempre.
Al año siguiente, fui el único que pidió entrar a la clase de guitarra. Cumplía el requisito: tenía la mía y podía ensayar en casa.
¿Por qué te cuento esto?
Porque para aprender cualquier cosa noble, la clave es la repetición.
Hoy veo gerentes que quieren que sus equipos vendan más, pero sus vendedores no "ensayan" sus correos. No practican su redacción, no pulen sus argumentos. Se conforman con la "nota de regalo" de enviar cualquier cosa y esperar que el cliente no los ignore.
Redactar correos que venden es como sacar una canción: requiere tener el instrumento correcto y darle horas de práctica hasta que suene perfecto.
Mañana te contaré cómo esa guitarra me convirtió en la estrella del folclor laboral y qué tiene que ver eso con el éxito de tu equipo comercial.
Pero si hoy sientes que tus vendedores están "tocando la flauta" mientras la competencia toca la guitarra eléctrica, quizás es momento de que hablemos.