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El pliego de color y el taxi en Pío Nono

30 de julio de 2026

En 1998 trabajaba en la imprenta Vera y Gianinni. Una tarde, el gerente de marketing de una marca gigante supervisaba el cambio de imagen de su producto y la máquina no daba con el color.

Tomé la iniciativa: "Ándate tranquilo, yo me quedo hasta que salga y te llevo el pliego a tu casa. Confía en mí".

El color aceptable salió a las dos de la mañana. Pedí un radiotaxi desde San Ignacio a Las Condes. Iba muerto. Subiendo por Santa María, me quedé dormido.

En Pío Nono, frente a la Chile, un chofer borracho nos chocó de costado. Desperté con el auto destrozado y el taxista inconsciente, sangrando tras golpearse la frente contra el parabrisas.

Desorientado, me revisé entero buscando heridas. Llamé a la central, llegó gente, pero en mi cabeza solo había una obsesión enferma: "El pliego, la máquina detenida, el visto bueno".

Tomé otro taxi, dejé mis datos y me mandé cambiar. Llegué donde el cliente con el papel arrugado, firmó rápido, volví a la imprenta y la producción partió. A las cuatro de la mañana llegué a mi casa molido, asustado y sintiéndome una basura por dejar al chofer solo.

Hoy miro atrás y me da vergüenza. Mi realidad estaba distorsionada. Creía que arrastrarme por un cliente y arriesgar mi vida por un folleto me hacía un "buen profesional".

No. Eso es desesperación por agradar.

En los negocios, cuando no tienes autoridad, terminas haciendo locuras, descuidando lo que importa y arriesgando tu salud por migajas.