Cuando tenía como 10 años acompañaba a mi mamá a la feria del barrio.
Las ferias siguen existiendo, ir a comprar sigue siendo una aventura. Al lado de eso, la compra en el súper es una verdadera lata.
En fin, me acordé de un puesto en particular. Vendía pescados y lo atendía un matrimonio muy especial.
El hombre era grande, con unas manos enormes. Limpiaba los pescados en forma magistral, parecía tan, tan fácil cuando lo mirabas. Tenía la piel quemada por el sol, le calculo unos 50 o 60 años, y unos ojos azules grandes.
Te acercabas al puesto y, mientras descabezaba un pescado, sin mirar lo que hacían sus manos, te clavaba la vista y te preguntaba: "¿Qué va a querer? ¿Pescá? ¿Pa' frito?"
Con una voz gutural.
Era sordomudo.
Apenas pronunciaba las palabras, con esa voz raspada, pero lo suficientemente intensa para que le entendieras todo.
Su mujer era mucho más dulce. Ella no tenía esas limitantes y vendía mucho.
Eran merluzas frescas que mi vieja freía al llegar a la casa.
A pesar de sus limitaciones para comunicarse, él se manejaba perfecto. Atendía a muchas personas a la vez. Era impresionante verlo trabajar.
Nunca le escuché una frase completa.
No le hacía falta.
Te miraba, te hacía una sola pregunta y ya sabía lo que te ibas a llevar.
Hay muchas formas de comunicarse. Él tenía la más difícil y le alcanzaba de sobra.
Nosotros tenemos todas las palabras del mundo y aun así nos frenamos.