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El día que mi viejo me soltó en la calle (a los 12 años)

25 de febrero de 2026

Mi padre era técnico en radio y televisión en los años 80.

Yo tenía unos 12 o 13 años y siempre lo acompañaba a comprar repuestos. En esa época, viajar desde Puente Alto hasta el centro de Santiago era toda una expedición.

Mientras él negociaba en los mesones, yo me quedaba escuchando palabras raras: transistores, resistencias, flybacks. Piezas que necesitaba para resucitar los televisores que sus clientes le llevaban al taller, que funcionaba en nuestra propia casa.

Hasta que un día, llegó mi turno.

Mi viejo me miró y me dijo: "Ya conoces los locales y sabes comprar. Hoy vas solo. Regresa con los repuestos y busca todas las opciones que te enseñé".

Hoy sonaría a locura mandar a un niño de 12 años al centro de Santiago con plata en los bolsillos. No había celulares, ni GPS, ni forma de avisar si pasaba algo. Solo la fe de un hombre en lo que le había enseñado a su hijo.

Yo iba aterrado. Pero crucé Santiago y logré el objetivo.

Años después, siendo yo un adulto, mi padre me confesó la verdad: cada vez que me mandaba solo, él se quedaba con el corazón en la garganta por el miedo. Pero siempre supo que si no me soltaba, nunca iba a aprender a caminar por la calle.

Tenía toda la razón.

Hoy muchas personas, padres, gerentes y dueños de empresas que cometen el error contrario. Tienen tanto miedo de perder el control, que no dejan que sus equipos (o sus proveedores estratégicos o hijos) tomen riesgos. Lo quieren microgestionar todo.

Pero los grandes resultados, esos proyectos que de verdad cambian la aguja de un negocio o de la vida, solo se logran cuando preparas bien a tu gente, les entregas las herramientas y luego los dejas ir solos a buscar los "repuestos".

El riesgo, cuando hay oficio y preparación detrás, siempre trae recompensa.

Hoy tengo reunión con un nuevo cliente que ha confiado en los desarrollos de mi empresa. Es esa misma confianza de mi viejo, pero en los negocios.