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El día que los papeles se invirtieron con mi viejo

9 de septiembre de 2026

El lunes cerré la ronda de médicos y exámenes con mi viejo.

Si llevas tiempo leyéndome, ya sabes: casi todo lo que sé se lo debo a él. Arreglar autos, comprar el repuesto correcto, la disciplina del ejercicio, vender detrás de un mesón, el tenis, la rigurosidad para el trabajo bien hecho. Su frase de siempre: "no vas a tener un jefe más estricto que yo." Nunca se equivocó.

Tanto que recibí de su mano firme y cariñosa. Y hoy los papeles se invirtieron: soy yo el que lo guía cuando su salud empieza a flaquear. Le hablo con amor y con dureza, directo, sin eufemismos. Que no baje la guardia con la actividad física — ya no tenis, ya no trote, pero sí caminata. Que retome la lectura. Que escriba un poco. Que me llame.

No soy el único haciendo esto, ni el mejor, ni el primero ni el último. Es el ciclo de la vida poniéndome en mi lugar, como a tantos hijos con padres ancianos. Ahí no hay mérito. Hay respeto. Hay lealtad con tu origen.

Vengo detrás de él, a 15 minutos. Me toca tomar lecciones de su camino para esquivar sus errores, corregir el rumbo, intentar hacerlo un poco mejor. No todo va a salir mejor. Algo va a quedar igual. Y algo, ojalá, mejor. Pero siempre es mejor hacerlo mal que no hacerlo.