Cuando empecé en esto de la escritura persuasiva, rápidamente sentí que me las sabía todas. Era el típico ignorante atrevido que cree que con un par de líneas bien puestas se puede comer el mundo.
Con esa parada fui a ver a un cliente que ahora es mi amigo. Le ofrecí una asesoría. ¡Qué patudo de mi parte!: no terminaba de entender el proceso y ya quería venderlo.
El hombre me miró, me invitó a almorzar y no pescó ni la mitad de lo que hablé. Y siendo franco, ahora en perspectiva, yo tampoco me habría escuchado mucho.
No llegamos a nada concreto. Pero no bajé los brazos. Él fue amable, me trató con afecto, pagó el almuerzo y no se esforzó mucho en ocultar el poco interés en mi propuesta.
La semana pasada me llamó un poco apagado. Nos juntamos a tomar un café y me contó lo atascado que estaba con su negocio.
Ahí, sin pretensiones ni discursos preparados, nos pusimos a conversar. De esa charla franca y simple, salieron las ideas que comenzaron a destrabar el asunto.
No fueron mis grandes consejos teóricos; fue la fluidez de dos personas buscando soluciones con sentido común y calle. Sin darme cuenta, apliqué esas pequeñas enseñanzas que he ido adquiriendo con los años y le agregué las asimiladas en este proceso.
Mañana vamos por la segunda patita. Ni quiero llamarle asesoría, eso sería pretencioso. Pero sí está funcionando, porque nace de escuchar y no de querer vender a la fuerza algo que aún estoy absorbiendo hace tan poco tiempo.
Me doy cuenta de cómo la disciplina de escribir todos los días, poner atención en los detalles y aplicar las pequeñas cosas aprendidas entregan resultados simples pero medibles.