Estaba en primero básico. Amanecí con la pierna derecha paralizada, lo recuerdo perfecto, aunque esto suene raro.
Mi vieja se asustó, pero por alguna razón que no entiendo, me puso el uniforme igual y me llevó en brazos al colegio: tenía prueba de lectura. ¿Te imaginas eso hoy? Le avisó al profesor que después me llevaba a la posta, contesté la prueba, y partimos.
El doctor me abrió la boca con una paleta de metal, sentí el sabor a fierro en la lengua, y a los minutos le dijo a mi mamá: "no puedo resolver esto acá, hay que llevarlo al hospital." Llegamos al Calvo Mackenna, llegó mi viejo, y quedé en observación hasta el otro día.
Se acercó un técnico: "vamos, te llevo a la pieza, tus papás vienen luego a buscarte." Mi viejo lo increpó: "no le mienta al niño." Y me miró: "hijo, tienes que quedarte toda la noche, mañana venimos por ti."
Me puse a llorar, pero no era pataleta, era pena. Ya en la pieza, cuidado por una enfermera, se me pasó. No estaba esperando a mis papás: sabía que no vendrían.
Fue una amigdalitis purulenta que atacó los nervios de la pierna. De ahí saqué dos cosas que se me grabaron para siempre: el sentido de responsabilidad de mi vieja, y que la verdad, aunque duela, es la que sana. Las aplico en la vida y en los negocios: honestidad y rigor.