Viajaba a Paraguay dos veces al mes. Lo hice por más de un año.
Con esa frecuencia no tardé en sacar regalías con TAM, la aérea brasileña que en ese tiempo todavía no se fusionaba con LAN. Tenía la tarjeta premium: podía esperar los vuelos Santiago-Asunción y Asunción-Santiago en los salones VIP de ambos aeropuertos, bloquear asientos, la serie de privilegios de un viajero frecuente.
El tramo no tenía business ni primera clase, pero yo me las arreglaba para viajar lo mejor posible. El dólar a guaraníes me favorecía enormemente. En el duty free compraba regalitos: chocolates, juguetes para los niños. Detalles que hacían que el sacrificio de estar lejos de ellos valiera la pena.
Ese era un lado.
El otro: en esa época no tenía auto. Todavía me estaba recuperando de seis meses cesante el año anterior. Iba rápido, pero tenía que cuidar cada luca.
Cuando llegaba a Asunción, tomaba un taxi hasta el departamento que arrendaba allá. Cuando llegaba a Santiago, el bus del aeropuerto hasta el centro y después, literal, la micro amarilla hasta mi casa en Puente Alto.
Me sentía orgulloso de vivir ese contraste. Todavía me siento así. Me ponía los pies en la tierra.
Con la poca carrera que tenía en esos años, logré convencer a mi jefatura de que podía hacer un trabajo tan importante. Estaba convencido, como hoy escribiéndote todos los días, de que la insistencia iba a dar frutos.