Hoy tenía varias cotizaciones pendientes de clientes nuevos.
De esas que uno deja pasar unos días y después da no sé qué retomar.
No pensé en ellas hasta que me senté a trabajar.
Antes las habría contestado con el estómago apretado. Pensando que ya era tarde, que ya habían cotizado con otro, que ya no les interesaba. Y esa angustia se nota en lo que uno escribe: apurado, disculpándose, casi rogando.
Hoy no.
Las contesté con calma. Simple: retomé la conversación donde había quedado.
Y muchos me agradecieron la respuesta.
Me quedé pensando en eso.
Llevo años persiguiendo cosas. Clientes, metas, números. Y recién estoy entendiendo algo: la angustia por conseguir un objetivo te aleja de él.
Ojo, no te voy a vender que si deseas algo con fuerza llega solo. No creo en eso. Las cotizaciones no se contestaron solas.
Lo que cambió fue el cómo.
Con calma se ven mejor las opciones. Y cuando crees que siempre hay oportunidades, empiezas a encontrarlas.
Constancia, pero sin fundirse.
Hacer y avanzar. Dejar de perseguir.