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Culpé al chofer y tuve que correr por mi vida

28 de abril de 2026

A mis 22 años cantaba en el coro de la Universidad de Chile. Lidiaba como podía entre el trabajo y la música.

Iba a ensayar martes y jueves, pero el director era estricto y no perdonaba atrasos. Una tarde salí contra el tiempo.

Me subí a un colectivo por Pedro de Valdivia y, como no conocía bien la ruta, le pedí al chofer que me avisara dónde bajar.

Me confié. Y él, lógicamente, olvidó avisarme.

Cuando me di cuenta, habíamos pasado mi calle hacía rato. Me bajé indignado, lo encaré por su olvido y, en venganza, le pegué el portazo de mi vida.

Empecé a caminar bufando de rabia. De pronto, una señora en la calle me grita: "¡Cuidado, joven!".

Miro hacia atrás. El chofer venía corriendo directo hacia mí... con un tremendo garrote de madera en la mano.

Corrí por mi vida. Corrí tan rápido que logré perderlo.

Ese día, todavía con el corazón en la garganta, aprendí una lección que no olvidé jamás: no puedes dejar en manos de otros lo que es tu absoluta responsabilidad.

Era mi parada. Yo debí ir mirando por la ventana.

En las ventas pasa exactamente lo mismo. Cuando los números no dan a fin de mes, la tentación es enorme. Nos convertimos en ese joven de 22 años pegando el portazo.

Culpamos a la economía. A la inflación. A que "los clientes no quieren pagar". Básicamente decimos: "Es que el chofer no me avisó".

Si quieres destrabar tu negocio, tienes que dejar de culpar a los factores externos y hacerte cargo de lo único que sí controlas: tu estrategia comercial y tu mensaje.

Justamente de cómo tomar ese control y vender sin excusas trata el documento de 5 páginas que estoy preparando. No será un PDF: será un texto impreso, físico, que llegará por correo postal directo a tu escritorio. Sale el 15 de mayo.

Mientras tanto, agarra el volante de tus ventas y no te distraigas mirando por la ventana.