El viernes cometí un error de novato: viajar al sur un viernes después de las dos de la tarde.
Cuatro horas y media de taco. La primera lección del fin de semana llegó antes de salir siquiera de Santiago.
Pero valió cada minuto.
Íbamos a ver a mis sobrinos de ocho años y, de paso, a celebrar a mi viejo. Y pasa algo con los niños a esa edad: están en el amanecer de sus vidas, con una energía que no se agota nunca. Te sientas a jugar con ellos y el tiempo se detiene. La cabeza deja de dar vueltas con las ventas, los compromisos, los pendientes. Me instalo entero en el presente. Por eso me gusta ir.
Al otro día celebramos los 74 de mi papá. Un hombre feliz, más lento que antes. Y ahí estaba yo, parado entre los dos extremos de la vida: los que recién empiezan y el que ya recorrió casi todo el camino. Cuánto contraste en un solo fin de semana.
Volví con mi señora por la carretera, mirando los campos y la lluvia, y llegué recargado. Valorando algo simple: poder detenerse.
Porque las ventas y la vida terminan siendo casi lo mismo. De nada sirve trabajar como loco si uno no disfruta las cosas chicas. Escribo esto, en parte, para no perder el rumbo.
Hoy no vengo a pedir nada. Solo quería contarlo.