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Contar hasta 10

14 de agosto de 2026

La tormenta de esta noche me devolvió a los 8 años.

En Santiago las tormentas no son comunes. Por eso las pocas que hay uno las recuerda bien. Esa fue especialmente fuerte, o al menos así me pareció.

Había un detalle que quizás la hizo crecer más: mis papás nos habían dejado a cargo de una prima mayor, muy querida, y de su pololo, un tipo que apenas conocía. Que nos dejaran solos al cuidado de otros tampoco era común.

Mi viejo me había enseñado que después del relámpago uno contaba hasta 10 y ahí venía el trueno.

A esa edad uno cree que el rayo y el trueno son dos cosas distintas. No sabe nada de la velocidad de la luz ni de la del sonido. Sabe otra cosa: que ese retraso lo hace todo más impactante. Una luz grande traería un estruendo grande.

Quizás por eso me enseñó a contar. Para estar preparado cuando llegara el golpe.

Cada vez que recuerdo algo de mi viejo, lo veo preparándome para algo. Que no te pille desprevenido. Preparándome para cuando las cosas no salieran bien.

Escribir es igual: anticiparse. Por eso me gusta hacerlo. Me ordena las ideas y convierte mis recuerdos en herramientas para lo que viene.