Ayer un lector de España me mandó un video hermoso. Un podcast de Fernando Claude, hablando con mucho detalle de la Citroneta: esa que terminó armándose con piezas fabricadas en Arica, al norte de Chile.
Yo tuve una.
La compré a los 22 años, a una tía. Mi primer vehículo. Un 73. La recuerdo con mucho cariño.
Fui a la playa, al trabajo, quedé en pana una vez y la arreglé con un alambre.
Mi viejo me retaba porque casi no la cuidaba. La verdad es que ella se cuidaba sola.
Hasta que un día tuvo un problema que no pude arreglar más. Quedó un año entero en el patio de mi casa. Yo sin saber qué hacer con ella.
Un día llegó un amigo: “te la compro, quizás sirva para repuestos”. Fue un mal negocio. Al menos desocupé el patio.
Diecinueve años después, en 2013, iba manejando por Vicuña Mackenna. Me detuve en un semáforo, justo detrás de una Citroneta. Me pareció conocida.
Miré la patente: EH-8320.
Ese número no se me va a olvidar nunca. Era la mía.
Me puse al lado del dueño nuevo y le grité: “¡Esa trola fue mía hace como veinte años!”
Se rió y siguió su camino.
Diecinueve años, dos dueños, y esa Citroneta seguía siendo reconocible al toque. Una buena historia es igual: se queda grabada, aunque pasen los años y cambie de manos.