Hace dos semanas estaba en un servicentro esperando a mi mujer.
Me dio hambre, entré a la tienda a comprar un café y me puse a hacer lo que hago siempre por deformación profesional: escanear estuches. Dulces, snacks, da igual. Si tiene cartón, lo analizo.
De repente, en uno de esos refrigeradores altos, vi una cajita de empanadas de cóctel de una marca que no conocía.
La compré sin pensarlo. Y te juro que ese envase me habló.
Tenía toda la información que un vendedor necesita, incluyendo el teléfono de la empresa impreso ahí mismo.
No mandé un correo genérico a "contacto@...". No busqué en LinkedIn para ver si alguien me presentaba. Hice lo que la mayoría de los vendedores hoy tienen terror de hacer: levanté mi teléfono, marqué el número y fui directo al grano.
— "Hola. Tengo en mi mano su cajita de empanadas y quiero fabricarles este envase. ¿Con quién tengo que hablar?"
Tuve la suerte de que la persona que contestó me dio inmediatamente el contacto directo de la encargada.
Hoy a las 11:00 AM me senté a negociar con ella.
No quiero sonar arrogante, pero te anticipo el final de la película: ese va a ser un cliente nuevo para mi imprenta. Ya contaré el desenlace oficial, pero el trato está sobre la mesa.
Te cuento esto por una razón muy simple. Las oportunidades de negocio están tiradas en la calle, en los refrigeradores de las bencineras y en los detalles que tu competencia ignora.
Pero para transformarlas en plata, necesitas dos cosas: perder el miedo y usar las palabras exactas para abrir la puerta.
Si tu equipo comercial está escondido detrás de un escritorio mandando correos aburridos que nadie responde, están dejando pasar negocios por sus narices.
Por cierto, este es mi texto diario número 35. A partir de hoy dejaré de contarlos, pero no dejaré de escribirlos. El hábito ya está creado y el valor sigue intacto.