Corría el año 1988 y yo ya empezaba a sentir el vértigo de las ventas en el almacén de mis viejos.
Teníamos un problema: el panadero del barrio era un genio haciendo pan, pero pésimo para cumplir los horarios. A poco andar, mi viejo me dio la misión de ir a buscar el pan para asegurarnos de abrir el almacén a las 7:00 AM con la marraqueta calentita.
Era una tremenda experiencia. Agarrar la Citroneta (la famosa "trola") a las 6:30 de la mañana, llevar el canasto gigante, entrar hasta los hornos y ver cómo sacaban el pan con esas largas palas de madera. Hasta el olor me llega mientras te lo cuento.
Pero llegó el 5 de octubre.
Sin pensarlo mucho, tomé la citroneta como todos los días. No alcancé a manejar 10 cuadras cuando, en la esquina de Eyzaguirre, justo donde termina la Papelera, vi a un carabinero controlando el tránsito.
Yo tenía 16 años y manejaba sin licencia. Tiritaba hasta el canasto vacío en el asiento de atrás. No tenía cómo esquivarlo.
Llegué a la esquina, el carabinero me miró y me detuvo.
Con voz seca me preguntó: —¿A dónde va?
Con la voz temblorosa y apuntando hacia atrás, le respondí: —A buscar el pan.
Me miró, esbozó una sonrisa y me dijo: —Ya, circula cabrito, que hoy son las elecciones.
Seguí como pude. De vuelta, las calles ya estaban llenas de militares y carabineros resguardando los colegios. A nadie en mi casa se le ocurrió que mandar al pendejo a manejar ilegalmente el día más tenso de la historia de Chile era una mala idea.
Pero así son los negocios. Cuando hay que moverse y abrir a las 7:00 AM, se toman riesgos. No te quedas esperando que las condiciones sean perfectas. Agarras la trola y vas.
Hoy, décadas después, sigo haciendo lo mismo.
Mi negocio se está moviendo a una velocidad que me asusta y me emociona, simplemente porque decidí dejar de esperar el "momento ideal" y empecé a tomar riesgos con mi comunicación y mis textos. Mis clientes lo están notando y están respondiendo.