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Cantando pagamos la parrillada

17 de septiembre de 2026

En mi época de folclorista canté muchas cuecas. No gané mucha plata, pero la pasé muy bien.

Hoy es 17 de septiembre, y me acordé de una vez que fuimos a tocar a una empresa, también un 17. El lugar estaba hermoso, todo adornado para las fiestas. Nos pagaron bien, pero nos quedamos con una sensación rara: la gente tenía la cabeza en cualquier parte menos en el conjunto. Cuando el público te ignora, la magia se pierde.

La música es un lenguaje que te conecta con el otro. Cuando esa conexión existe, todo fluye: el mensaje llega, y las sonrisas y los aplausos son la verdadera paga.

Un poco desanimados, nos fuimos a almorzar a un restaurante conocido, todavía con los trajes puestos. Juntamos unas mesas. El ambiente ahí se sentía distinto — más vivo que el de la empresa. Uno del grupo dijo: "¿y si le cantamos a esta gente?" Fue unánime.

Fuimos por los instrumentos, le pedimos permiso al gerente del local, y nos plantamos ahí, en un escenario improvisado. En menos de cinco minutos volvió la magia: palmas, gritos, risas, bailes improvisados. Ahí sí estábamos en el lugar correcto.

Pasamos el sombrero. Con lo recaudado pagamos el almuerzo completo, y todavía alcanzó para la repartija.

Ese día entendí algo que hoy aplico en cada correo: la empresa nos pagó por estar ahí, pero la gente del restaurante nos pagó por conectar de verdad. Es la misma diferencia entre escribir para cumplir y escribir para que te escuchen.