Recién entrado a trabajar a una gran imprenta. Hora de almuerzo. El clásico momento para conocer a los nuevos colegas.
Estábamos conversando y uno de ellos me pregunta: — "¿Y dónde trabajabas antes de venir acá?"
Yo, muy relajado, les resumo un poco mi historia y, entre medio, lanzo una frase con total normalidad:
— "Bueno, la cosa es que cuando me echaron de la pega..."
Y seguí contando los detalles.
De repente, uno me interrumpe. Me miraba con sorpresa, casi escandalizado: — "Pero Jaime... ¿no te da lata decir eso así tan suelto de cuerpo?"
Lo miré y le respondí lo más lógico del mundo: — "¿Por qué tendría que inventar algo que no es cierto?"
Ese simple momento me validó frente a todo el equipo.
En la comunicación, la honestidad cruda es el bien más escaso y, por lo tanto, el más valioso. Lejos de perjudicarte, exponer tus fracasos te da una autoridad y una credibilidad brutal. Es una regla de vida: una vez que tú mismo expones tus defectos, ya nadie puede usarlos para hacerte daño.
Pero en las ventas corporativas hacemos exactamente lo contrario.
Las empresas escriben correos tratando de parecer inmaculadas: "Somos los líderes", "tenemos calidad total", "nuestro servicio es perfecto".
Suenan a plástico. Suenan a mentira.
La honestidad de tu fracaso vende mil veces más que una verdad adornada. Si admites que no eres el más barato, te creerán cuando digas que eres el mejor.