Ayer por la tarde, justo antes de mandar el correo, confieso que dudé.
Me tembló el dedo sobre el mouse.
Estaba a punto de mandar un correo hablando de proveedores incompetentes, invitando a salir de la mediocridad, mencionando un concurso en España e incluyendo una lona enorme con la palabra "gilipollas" en pleno centro de Madrid.
Pensé: "Jaime, se te pasó la mano. La mitad de tu lista se va a ofender y se va a dar de baja hoy mismo".
Pero lo envié. Lo hice tarde, casi a las 9 y media de la noche, pero lo hice.
Y hoy por la mañana revisé los datos. ¿Sabes cuántas personas de las 138 que están en esa lista se dieron de baja, ofendidas por el lenguaje directo?
Cero. Ninguna.
Me acaban de demostrar que esa lista está llena de adultos que prefieren escuchar verdades crudas antes que mentiras con adornos rosados.
Pero hubo otro dato aún más revelador.
Ayer pedí que los que estuvieran hartos de la mediocridad respondieran con un "SÍ".
¿Sabes cuántos lo hicieron?
Solo uno.
A esa persona: ya tienes mi respuesta de vuelta y tu sorpresa en camino. Eres de los míos.
Al resto: no pasa nada. Sé que pedir que alguien dé un paso al frente y levante la mano da pereza, asusta o simplemente estabas ocupado. El filtro funcionó exactamente como debía.
Pero estar en el 1% de los que toman acción siempre es un lugar solitario.
Hoy sigo con mi trabajo y con mis clientes (los que cumplen). Y sigo preparando mi arsenal para el concurso de España, porque con estos datos de hoy ya sé perfectamente qué historia le voy a contar al jurado.