Año 1982.
En Chile la crisis económica pegaba con una dureza que muchos todavía no olvidan.
Mi viejo, que arreglaba televisores para parar la olla, buscaba la forma de llevar lucas a la casa. Un lunes por la mañana, le pidió prestada la Citroneta a su hermano (no la X330, sino la más antigua, la que tenía maletero), me miró y me dijo:
"No vayas a clases hoy. Acompáñame, necesito ir donde un amigo en Santiago".
Vivíamos en Puente Alto. En esa época, ir al centro era como hacer un viaje interurbano.
Fuimos a varias partes. Lo acompañé a comprar repuestos. Lo vi moverse, negociar, regatear cada peso por las piezas que necesitaba. Lo vi hacer lo que tenía que hacer para que la casa funcionara.
Se nos hicieron las 3 de la tarde en la calle.
Llegamos de vuelta pasadas las 4, muertos de hambre. Mi mamá nos esperaba con el almuerzo caliente: arroz con prietas.
El arroz de mi vieja siempre me encantó. A las prietas, como buen niño, les hacía el quite. Pero esa tarde, con el estómago vacío después de tanto trajín, me las comí como si fueran un manjar.
Me senté en la mesa, prendí la tele y daban La Hechizada. Recuerdo la escena con una nitidez absoluta.
Hoy, mirando hacia atrás, me doy cuenta del regalo que me hizo mi papá ese lunes.
Nunca me sentó en una silla a darme una charla teórica sobre "estrategia de negocios" o "gestión de compras". No le hizo falta. Me subió a una Citroneta y me lo mostró en la calle.
Hay un refrán viejo que dice que las palabras convencen, pero el ejemplo arrastra.
En los negocios, liderando equipos o tratando con clientes, pasa exactamente lo mismo. Nadie te cree por el discurso bonito que das en una reunión. Te creen por lo que te ven hacer cuando hay que ensuciarse las manos y regatear repuestos.